“A partir de aquel día comenzó algo realmente a cambiar, aunque el propio Bastián no se dio cuenta de nada. La fuerza transformadora de la Casa del Cambio hacía sus efectos. Sin embargo, como todos los cambios verdaderos, se produjo suave y lentamente por sí mismo, igual que el crecimiento de una planta”

La historia interminable.


Hay algo mágico en el final del año. Las navidades me ponen muy nerviosa y no logró nunca estar relajada, disfrutarlas. En cambio que se acabe el año para mi es como un ritual, como un fin de ciclo en el que se quedan en una caja las cosas que se han vivido y se preparan para formar parte del futuro que tiene nombre de mes de enero, ese mes en el que todo es posible.

He viajado todo el 2017 y al recordar y hacer algún intento de recopilatorio solo me vienen a la mente cosas pequeñas. Claro que me acuerdo de las montañas de Canadá, de aquel día que fuimos a Jasper y todo era tan blanco que escribí un cuento solo con la melodía del viento en mi bufanda. También me acuerdo del verano en Madrid, del ruido de la ciudad. Por supuesto que me acuerdo de cada pedacito de Cuba, México y Guatemala, cada ruina, cada pueblo, cada autobús de 14 horas.

Pero me acuerdo de todo esto como si fuera el fondo de un cuadro. Todos los paisajes y los edificios fueron fundamentales para la historia de este año pero no permanecieron en mi memoria como personajes principales sino como actores secundarios que hicieron posibles que cosas muy pequeñas pero muy poderosas sucedieran.

 

No tengo ni idea de cuántos kilómetros recorrimos pero recuerdo como si hubiera pasado ayer el sabor de mi té favorito en el Hotel de Banff en el que trabajaba. Recuerdo la diferencia de temperatura entre el aire helado del invierno y el agua caliente de la piscina en la que nadaba por las noches o a las 7 de la mañana cuando terminaba de trabajar el turno de la noche.

Aquel día en el que C me dijo que cada vez que iba a su casa se le iluminaba el día y cuando nos quedamos esperando esas luces de la aurora que nunca llegaron, cantamos Beyoncé y sentí que podía ser  yo misma hablando en un idioma que no es el mio.

En vancouver recuerdo estar rodeada todo el tiempo de verde y aquel plato de sushi con mango. No recuerdo los nombres de las calles ni de los sitios a los que fuimos pero sí recuerdo un elefante hecho con toallas y los cuatro hablando en una habitación de hotel que era demasiado elegante para la ropa que usábamos.

Madrid no fue el Madrid de siempre, fue una sucesión de historias con cervezas y de sentirme como que no era el momento de volver todavía. M y yo sentadas en alguna calle del centro diciéndole a aquel chico una y otra vez lo hermoso que era. Los abrazos, volver a ver a quien pensaba que ya no iba a ver más. En dos meses pasaron tantas cosas que para mi los recuerdos son como un borrón de estrellas en donde se condensa el agradecimiento más grande del mundo por todo el cariño que recibí.

Vivir de viaje significa que lo cotidiano es la diversidad, que cambiar de sitio es lo normal y las rutinas se vuelven imposibles de alcanzar. Por eso al mirar atrás me río al pensar en aquel día en que yo gritaba angustiada por Skype y P se reia a carcajadas de mi histeria, aprendí con la distancia a reconstruir su rostro continuamente para no olvidarme de lo linda que es.

 

Podría resumir Cuba entera en ese trago de ron que nos bebimos en la terraza de la casa en el barrio del Vedado, recuerdo el remolino de sensaciones cambiando a velocidades vertiginosas y todas las veces que dije que me iba y no me fui.

Pero si tuviera que elegir un lugar en el que me haya sentido como en casa, como si estuvieran predestinadas todas las veces que he vuelto, ese lugar seria San Cristóbal de las Casas. Y lo que les podria contar de SanCris les servirá poco o nada para motivos prácticos porque lo que amo de este lugar es precisamente las cosas pequeñas.

Aquí A me enseño como hacer pan, me enseñó que el arroz mejor ponerlo a sofreír primero antes de cocerlo y que personas muy diferentes de lugares muy distintos pueden quererse mucho de una manera completamente natural.

Hoy M pidio albahaca y romero en la tienda de verduras solo porque le surgió la necesidad de tener plantas aromáticas en la esquina de la cocina. Tomamos una copa de vino mientras esperábamos que la cola para comprar el ticket de autobús desapareciera y recorrimos de vuelta las mismas calles que ya nos sabemos de memoria pero que siguen todavía sorprendiendonos con sus carteles, adivinando los olores que inundan por donde sea cualquier sitio en México.

Amé este año con todas mis fuerzas. Abracé tantísimo las cosas que me hicieron sufrir  que de ellas nacieron pinturas, libretas , poemas y decisiones. Recuerdo Guatemala y la sonrisa de esa niña mientras caminabamos y caminabamos. No puedo dejar de sentir que se me calienta un poco el corazón cada vez que me hago consciente de que todo lo que quería en el mundo estaba allí fuera esperándome.