Mi sueño recurrente en la vida siempre tiene que ver con tener una casa frente al mar en la cual sentarme a escribir y a dibujar.
México ha sido un viaje de narrativa constante y de escenarios tan vívidos que tengo sus colores plasmados en la retina.
Voy a sentarme en esa casita en el caribe mexicano a escribir mi viaje y lo voy a publicar aquí por 15 días seguidos.
Quiero empezar el 2018 haciendo lo que tengo que hacer, lo unico que me sale natural no importa el tiempo ni el lugar ni la circunstancia. 
Y quiero compartirlo porque lo que me ha enseñado este viaje es que gracias a compartir aquellas cosas que creía que a nadie podrian interesar han surgido cosas tan bonitas y tan irreales que solo puedo creer firmemente en que todo tiene un sentido.
Aprender como amar los tiempos de espera.


Una adolescente con el pelo siempre enredado y plataformas de corcho con las que pretende ocultar su estatura camina por su urbanización. Vive en una ciudad que no entiende y que está llena de edificios medianos y de plazas en donde siempre hay muchísima gente.

Las cosas que pasan a su alrededor le son completamente lejanas. Ese carrito de helados, el puesto de chucherías, están como en otro tiempo. Ella suele caminar por esa ciudad completamente ajena a lo que sucede.

Vivir en una capital latinoamericana es vivir en un pedacito de tierra delimitado (que hace de burbuja) y a veces hacer paseos que incluyen los centros comerciales y las estaciones de metro. Ese metro que es al mismo tiempo la maquina teletransportadora a lo desconocido y el pánico de viajar apretada contra una ventana con la ansiedad de no saber si va a haber tiempo suficiente para salir antes de que cierren las puertas.

Tiene miedos que son hábitos tan comunes como cepillarse los dientes o desayunar cereales. No lleves nada de valor, no pases por calles en las que no hay gente, si te roban no te resistas. En su mente el mundo es un lugar peligroso y las pasarelas son la representación del miedo en su máxima expresión.

¿Es feliz?. No se responder a eso, pero puedo decir que dadas las circunstancias vive bastante tranquila. La mitad del tiempo en los mundos que inventa en su mente y la otra mitad en la vida real tomando infinitos transportes públicos que le llevan de su casa a la escuela.

Siempre ha sabido que vive en la fina línea que separa a unos de otros. Que la vida es supervivencia y que sus padres a veces se gritan porque el miedo a no tener dinero cubre la casa como una niebla permanente en la montaña.  Nadie le explica nunca porque da la impresión de que todo es mucho más fácil para las personas que le rodean que para ella.

En esa ciudad hay espacios de salvación. Pequeños oasis en donde poder soñar. Ese museo en donde el suelo es un piano y todo está lleno de colores. Ese parque enorme con animales y con un montón de césped para poder correr. Aquel teleférico que te aleja completamente del caos y te lleva a ese pequeño pueblito en donde te quedarías a vivir.

Conocer Ciudad de México para mi no fue conocer una nueva ciudad. Fue encontrarme constantemente diciéndole a M “esto es igual que en Caracas” “aquello es tal cual como cuando era pequeña”. Puede ser que mis ganas de que él conozca de donde vengo me jueguen malas pasadas o puede ser que compartamos tantas similitudes que a veces puedas re- vivir nítidamente sabores, olores y recuerdos caminando por ciudades que no te pertenecen.

En la cena de fin de año estaba sentada en una mesa rectangular de madera con Tulia y con Luz, ambas mexicanas. Recuerdo un momento de la conversación en la que hablábamos de volver a vivir en nuestras ciudades y como nuestra respuesta fue: No. Nos miramos y en esa mirada habia toda una historia común y que no hizo falta explicar en donde se mezcla la impotencia de sabernos distintos, especiales , capaces de cambiar el mundo y al mismo tiempo enterrados en capas de corrupción, improvisación y desilusión absoluta.

No me hizo falta conocer todo la ciudad de México para entender los mecanismos que hacen que existan barrios como Condesa y Reforma y que al mismo tiempo exista toda la periferia. Yo viví allí.

Por eso disfrute de cada museo, de cada plaza, de cada librería sabiendo que es un regalo. La tranquilidad de Coyoacán es una pausa en una ciudad con tantos millones de habitante que como decía M parecía que la gente salía de un concierto todo el tiempo y en todos lados.

Conocer Ciudad de México no fue llegar sino volver.