#30díasdeescritura

Día 7 y 8


Nadie nunca me dijo que mis errores iban a ser fortalezas. Nadie me dijo que como nunca he sido capaz de tomarme la vida tan en serio, todo aquello en lo que me he equivocado iba a ser parte de mi de una manera orgánica.
Que no iba a tener miedo de salir a la pizarra. Que los saltos al vacío no serian más que rutina.
Que no tenia que leer libros de auto ayuda para seguir adelante. Que me salvaría la inconsciencia.

Nadie nunca me dijo que mi problema iba a estar relacionado con los demás.

Mirar a través del prisma  de nuestros sentimientos a la gente que queremos es inevitable, pero no entender que las personas requieren de su tiempo y de sus circunstancias para aprender lecciones de vida es muy doloroso. También es doloroso aceptar que hay quienes nunca llegan, que lo que yo creo que debería ser no es ninguna verdad absoluta  y que al final del día la vida no es lo que yo quisiera, la vida es lo que es.
Es una ficción pensar en que uno sabe que es lo mejor para el otro. Ni siquiera es tarea fácil descubrir que es lo mejor para uno mismo. 

Nadie nunca me dijo que las mejores intenciones son las que conllevan catástrofes más estruendosas.
Que los edificios pueden caer en segundos por terremotos de escala 9.
Que lo que era ya no es.
Que a veces las palabras no son suficientes.

Siempre creí que mis valores e ideas eran firmes ladrillos que construían una especie de edificio de cemento solido a prueba de tornados. Con el tiempo he visto la estructura entera desvanecerse y convertirse en cristales convexos que van cambiando su forma y color.
También creí que las personas eran rocas en las que la vida se iba modelando.
Resulta que también pueden ser espejos que estallan en mil pedazos.
Y también pueden ser mosaicos que se vuelven a construir y dejan una pieza hermosa tras el desastre.

Aceptar la fragilidad de los demás, encontrando mi fragilidad.
En vez de mirar fuera, mirar dentro.
Las cosas que no se aprenden la vida nos la sigue poniendo en el camino.
Nadie me dijo, nunca.