Pasé 34 días durmiendo a la luz de la luna.
Mi casa fue mirar las estrellas por la noche cuando estaba despejada.

También fue la luz amarilla de la luna en las noches con nubes. Mi casa fue el ruido del hacha, clavándose en la madera.

Habitar fue escuchar el crepitar de mil fogatas, las llamas de colores naciendo de la nada.

Mi casa fue un colchón inflable, fué un asiento de coche y una silla de lona.

Mi casa fue el intenso olor a húmedo, fueron 10 mil kilometros de color verde.

Mi casa fue la tierra, las partidas de cartas, las películas, los paseos por el bosque. Fue vivir la soledad acompañada.

Mi casa fue el Denali entero, los cientos de ríos que nacen entre los árboles y no nos dejaron pasar.

Mi casa fue la elección de una canción, fue la bamba rebelde y el poeta Halley.

Mi casa fue la lluvia, el viento y ese sol que solo se muestra en los días impares. Nos convertimos en un termómetro humano. Las noches no existen, vivimos encadenando los días.

Mi casa fue el intento de una foto, la contradicción de extrañar.

Mi casa fueron los libros, fue Roberto Bolaño, fue Sidi, fuimos los últimos poetas real-visceralistas.

Mi casa fue la distancia, fueron ellos, sus caras a través de una pantalla, sus siluetas en el lado derecho de mi pecho.

Mi casa fue un fogon y dos cacerolas. Fue los desayunos, tés, hamburguesas y tacos. Aprender que el amor se refleja en cada pequeño gesto.

Mi casa (sobre todo) fueron ellos, las risas, la paciencia, los silencios. La lección más valiosa fue aprender a decir que no.

Mi casa.


 

Denali tiene nombre de artista, como si las montañas que hacen tonalidades del marrón hubieran sido pintadas al óleo.
Y lo digo yo porque las vi muy de cerca, tan cerca que descubrí en donde termina una loma para dar paso a un río y cuando hay que dejar de caminar porque la cercanía es un espejismo.
 
Tienes que pisar esas ramas para saber que el bosque es arisco, que es impenetrable y que campa a sus anchas sin ningún camino posible.

 

Las manchas de chocolate en la sudadero.
La tipografía en des-uso de todos los carteles de Alaska.
La ampolla en los pies como una victoria pequeña.
Cerrar los ojos y escuchar agua.
Sonrisa con los labios agrietado, necesitados de humedad.
La espalda cruje con las manos en alto.



 Alaska es salvaje, volátil y real como cualquiera debería imaginarse que es el fin del mundo.
La última frontera.

Cuando recorres las carreteras que van cambiando de nombre pero para mi siguen teniendo la misma matriz, se escuchan disparos.
En las grandes ciudades da la impresión de que aquí se vienen a  vivir las personas que han sido olvidadas por el mundo.
Como si fueran protagonistas de una fotografía de Diane Arbus.

Un hombre sin dientes nos habla de que América se está viniendo abajo, esa capacidad de creer que todo un continente se resume a un país.
Habla de que ahora las mujeres pueden matar a sus hijos, el fin del mundo.

Las siluetas del paisaje son color rojizo y las caravanas se pasean sintiéndose las dueñas de Alaska.
Este viaje se ha quedado tatuado en mi piel.