Este texto lo escribí para un curso que estaba haciendo con la cronista Gabriela Wiener. Tiene que ver con las cosas que pasan cuando se está de viaje que generalmente vienen de muy adentro.


Hace 5 meses que salí de casa y partí en un avión rumbo a Canadá. Alguién me dijo que te podías sacar un buen dinero recogiendo fruta así que, como yo me creo todo lo que me dicen, con mi visa en mano empecé la peregrinación del trabajo manual en el norte de América. La vuelta a los orígenes.

Mi historial previo era de trabajos precarios encadenados unos con otros pero todos a cubierto y con una paga fija, el último incluso me llevó a estar en esta privilegiada lista de las personas de menos de 30 años que ganan más de 1000 euros en España. Podía permitirme salir de cañas los fines de semana.

Igual lo deje todo y me fui. No necesitaba un trabajo, necesitaba tiempo para leer.

La cereza fue la primera fruta en aparecer.

Mecánica, aburrida y silenciosa. El trabajo consistía en pasar una media de 7 horas viendo desfilar cerezas en una cinta transportadora y decidiendo con mucha responsabilidad cuáles de las cerezas no eran “Aptas” para llegar a las cajas que se llevarían a Japón o a Malasia. Era como hacer de jurado de las cerezas, tener el poder de decidir quien cruzaba la frontera y quien se iba a un campo de concentración en forma de caja de madera sin derecho a réplica.

Nunca antes en mi vida había tenido tantas horas para pensar. El ruido intenso de las máquinas hacía imposible entablar conversación con nadie y por mucha música y mucho podcast que escuchara mi voz interna siempre lograba colarse y ser la protagonista.

Con la enajenación llegaron también las preguntas. ¿Porqué me fui de Madrid? fue la primera en asaltarme una mañana en la Packing House y tarde 5000 kilómetros hasta Alaska para poder responder. Porque todos hacemos las cosas con un sentido, aunque el mismo permanezca oculto por mucho tiempo.

Mi incapacidad para decir que No, las conversaciones vacías y la falta de pasión me acorralaron en un quinto sin ascensor del barrio de Batán, salí corriendo sin saber que en el equipaje seguía llevando la misma carga que me dejaba sin aire al intentar caminar por la ciudad los domingos por la mañana.

Así que el primer paso fue entender que no existía una sola voz dentro de mi sino muchas y que llevaba mucho tiempo silenciando de una manera bastante dictatorial a la mayoría de ellas. Entendí que había confundido mi amor por los libros con una carrera universitaria y que me había empeñado en demostrarle al mundo que yo era capaz de cargar con todo el peso del universo sobre mis frágiles hombros.

Siete horas para pensar al día me devolvieron mi Leitmotiv: mi pasión por la literatura. Con la cereza llegaron las mujeres escritoras, leí nueve lunas en una tienda de campaña verde una semana de julio.

La manzana fue un Crack físico y psicológico. Ahora el trabajo incluía subir y bajar de una escalera que se tambaleaba constantemente innumerables veces hasta que recogías todas las manzanas en una granja del valle de Okanagan.

Los primeros días me dolía tanto el cuerpo que no podía levantarme del sofá una vez que lograba posarme en el después de 9 horas de recogida intensa.

El calor que nadie podía esperar de un lugar cualquiera en el medio de Canadá puso a prueba mi paciencia y mi capacidad de resistencia a unos limites antes inexplorados. Me sentí tan superada que llore,llore sin ninguna razón, llore porque el cuerpo me pedía llorar.

Que me doliera tanto el cuerpo me hizo entender hasta que punto cada acto pequeño en el mundo es un acto completo de amor.

Prepararme la comida con esmero se convirtió en una hazaña, dibujar en una terraza con sol era la necesidad de darle valor a cada dia que viví en esa casa blanca de ventanas grandes.

Tenía que hacer un gran esfuerzo para todo, estaba tan cansada que me costaba mucho mantener conversaciones en inglés, sonreír, servirme un vaso de agua. Cada palabra dicha fue un acto de amor. Pensé en la gente de campo, en mis padres, en el esfuerzo de todo un continente que siempre se ha mantenido a base de sonrisas.

Recordé cuanto tiempo paso en mi vida sin que me sentara delante de un plato de comida que con cariño hubiera preparado solo para mi, solo porque mi cuerpo merece nutrirse y el acto de cocinar no solo es una necesidad física, es también parte delo que nos hace humanos.

Pase un mes entero recogiendo manzanas y me encerré en una habitación de un piso bajo a leer y a ver series de los 90. A veces la gente se imagina la vida de los viajeros como una sucesión imparable de sucesos extraordinarios, pero en realidad la mayoría del tiempo es solo un intento continuo de rutina y aprendizaje.

Recoger manzanas fue un completo acto de amor.

Por último llegaron las uvas. Recogerlas te volvía una persona pegajosa y llena de hojas por todos lados, me salieron cayos en las manos y empece a sentir el frío en los huesos mientras trabajaba.

Fui la mejor, la que recogía uvas más rápido. Mi jefa me dijo: You are a Grape Star, me imagino que cuenta como uno de esos trofeos que se ganan en el colegio, los que luego pones en una vitrina para presumir con los familiares y amigos.

Para mucha gente el trabajo en el campo puede parecer de tercera clase, un trabajo para el que no se necesita preparación y que por lo tanto puede hacer cualquiera. Yo creo, después de todas las frutas por las que he pasado que el trabajo del campo es el mas duro y el mas exigente que he hecho hasta ahora.

Creo además que hacerlo bien, procurar hacerlo lo mejor posible, cambio mi perspectiva del mundo en un punto: nos hemos excusado en la mediocridad por demasiado tiempo. Los trabajos mal pagados, precarios y repetitivos nos han hecho descalificar nuestra labor diaria y nos han dado una excusa muy poderosa para no esforzáramos demasiado, total son trabajos de mierda, no marcamos la diferencia.

Pero si la marcamos, si es importante para mí arrancar la palabra pereza del vocabulario de mi generación y demostrarnos (no a ellos, sino a nosotros) que somos capaces de cosas grandes y poderosas.

Recoger uvas fue mi lucha pequeña e insignificante contra la mediocridad de la que escape, la que conocí en las personas que ya no forman parte de mi vida y la que vive dentro de mi desde que me convencí que ser muy “intensa” podría hacer que la gente no me quisiera.

Leo a Anais y me reconozco en sus palabras: “En realidad no quiero ser normal, estereotipada. Sólo quiero adquirir la fuerza y el valor de vivir más plenamente mi vida, de tener mayor número de experiencias y de disfrutar más. Incluso quiero cultivar mis rasgos menos convencionales aún, todavía más originales».”

Hoy solo quiero ser valiente.

Termina la temporada, escribo desde una mesa en la caravana que ha sido mi casa estos últimos días y me enfrento a la llegada del frío en Canadá que es lo mismo que decir me enfrento a todo el frío del mundo en las montañas rocosas. Ya no tengo miedo, cruce los océanos para dejar de mentirme y logre empezar enfrentándome a mis fantasmas. Eso fueron para mi la cereza, la manzana y la uva.