#30díasdeescritura
Día 13


Ojalá pudiéramos subrayar en amarillo el momento exacto en que dejamos de ser niños.

La decepción con la figura paterna es el fin de la infancia, me dice mirándome a los ojos una señora que acabo de conocer.
Nos hacemos adultos cuando los cuchillos de nuestra casa son de buena calidad, dice el libro que hemos leído.
Recibo la noticia de un matrimonio, de un embarazo. Como siempre por mucho que pretenda detener el tiempo, la vida sigue pasando y nos arrastra, nos atrae con fuerza gravitatoria hacia el momento en que debemos estar.
Esto es un luto, escucho la voz de Carla en el teléfono y siento que esta sentada aquí a mi lado junto al sofá.
De todas las batallas inútiles que he librado en la vida, la batalla contra el ser adulto ha sido la más agotadora, la más inocua y la más absurda. De todas manera no hubiera sido lo mismo llegar hasta aquí sin haber dado la pelea.

Porque de todas las mentiras que nos cuentan la de ser adulto es la más grande y la más intencionada.
Nunca se llega a ser adulto del todo, no hay ningún termómetro que nos diga que es y que no es un comportamiento adecuado.

Porque en esta confusión que es la vida ser adulto significa tomarte cosas absolutamente en serio que antes te parecían totalmente ridículas. Y en algunos casos esta bien, cocinarme comida que me nutra y me haga feliz, elegir con quien y en que gasto mi tiempo sin dejarme llevar constantemente como una botella perdida en el mar.

Pero quiero seguir guardándome el derecho a que me sigan dando igual algunas conversaciones de sobremesa, me sobra la seriedad, el protocolo absurdo de decir todo el tiempo aquello que pensamos que los demás quieren oír.

Hay un tipo de juventud que siempre conservare y será la que caracteriza esa mala maña de cuestionarme siempre todo, a mi, a los demás a lo que esta dado por sentado y a lo que se supone que debería ser.

El fin de la infancia no es un trágico final, es un recordatorio de ese lugar del que venimos.