Habana, Habana
si bastara una canción
para devolverlo todo
lo que el tiempo te quitó.
Habana,mi Habana
si supieras el dolor
que siento cuando te canto
y no entiendes que es amor

Carlos Varela.


¿Cual es la diferencia entre pasar de largo por una ciudad o que esa ciudad se quede pegada a tu piel como la camiseta llena de sudor con la que caminaste por sus calles?

La calle 13 del barrio El Vedado entre la calle 2 y la 4, esa es la diferencia.

El Vedado es un barrio de la Habana que vive en un tiempo pasado, aunque sus calles están cubiertas de musgo y nadie recoge las ramas que caen de los árboles se pueden respirar los aires de tiempo mejores, tiene un toque de clase que se quedó pegada a sus paredes que ahora parecen guardar secretos poderosos . Sus casas coloniales de colores alegres con las puertas abiertas de par en par son la metáfora de una Cuba amplia, segura pero complicada y dolorosa cuando te acercas un poco más.

Allí pasamos nuestros días en la capital cubana y allí fué donde aprendimos a coger la guagua P4 para ir a la Habana vieja, el autobús en donde fuimos uno más entre gritos, sonrisas,sudor y paciencia . Allí discutí con Carlos acerca de Venezuela, Cuba, las utopías y las crudas realidades, descubrí que aunque pareciera que nos separan muchas cosas nos unen los más nobles ideales y eso me dio esperanza.

Allí conocimos las historias de la zafra de los diez millones. El proyecto de épicas proporciones que quiso pasar a la historia produciendo 10 millones de toneladas de azúcar y que movilizó a toda la población cubana que estaba en capacidad de cortar caña. Nos muestran sus manos como prueba de que ellos fueron parte de eso, que fue duro pero que fue tan colectivo que les produce orgullo y un destello en los ojos que asoma el recuerdo de lo que pudo ser.

También conocimos la frase con la que logras que todo cubano cambie por completo las facciones de la cara y tenga sus cinco segundos de pensamientos nefastos: Periodo especial. Ron hecho en casa al que llamaban “esperame en el suelo”, paté de oca, masa cárnica. Aunque los cubanos lo cuentan todo con una sonrisa en la boca ese “no estuvo facil caballero” suena rotundo.

Entre el vedado y la habana vieja hay 45 minutos caminando, decenas de teatros, vendedores de maní, huecos en la carretera y mulatas en licras que esperan a los taxis compartidos. Entre el Vedado y la Habana Vieja se quedaron todos los pasos que dimos en nuestra exasperada intención de formar parte.

Cae la noche en el malecón y en el campo de fútbol que hay al final de nuestra calle entrenan sin luz. Hacen flexiones y ejercicios en unas barras desgastadas y llenas de óxido. También hay gente sentada charlando, gente trotando a la velocidad en la que un camarero cubano te trae la comida que ordenaste.
Es noche de luna llena y brilla hermosa encima de uno de los muchos hoteles que tiene la Habana.
Ellos entrenan en el estadio mientras que yo estoy aquí sentada en el malecón adorando la brisa que da un respiro y siento que entre ellos y yo hay una brecha tan grande como el absurdo tamaño de la avenida que nos separa.

Pero luego volvemos andando por las calles que ya conocemos de memoria. Pasamos por el Melia Cohiba y por la cafetería con el mejor batido de mango de toda la Habana, reconocemos los sonidos de la plaza en donde la gente habla con sus seres queridos que se encuentran a 90 millas y nadie puede robarme esta sensación de que logre colarme por sus rendijas y empiezo solo un poquito a entender.

La mejor hamburguesa y el mejor batido de mango de la Habana están en 5 y A.
Muy cerca del capitolio en la Habana Vieja está el Asturianito en el se come muy bien y por muy buen precio.
El submarino frente a la plaza de John Lennon y el espacio Fábrica de arte en la Calle 26, son nuestras dos recomendaciones culturales.