Mi sueño recurrente en la vida siempre tiene que ver con tener una casa frente al mar en la cual sentarme a escribir y a dibujar.
México ha sido un viaje de narrativa constante y de escenarios tan vívidos que tengo sus colores plasmados en la retina.
Voy a sentarme en esa casita en el caribe mexicano a escribir mi viaje y lo voy a publicar aquí por 15 días seguidos.
Quiero empezar el 2018 haciendo lo que tengo que hacer, lo unico que me sale natural no importa el tiempo ni el lugar ni la circunstancia. 
Y quiero compartirlo porque lo que me ha enseñado este viaje es que gracias a compartir aquellas cosas que creía que a nadie podrian interesar han surgido cosas tan bonitas y tan irreales que solo puedo creer firmemente en que todo tiene un sentido.
Aprender como amar los tiempos de espera.


Jorge está sentado en la hamaca de su habitación y de vez en cuando, en el momento en el que baja a la cocina a buscar una cerveza o a comer, intercambiamos frases sencillas:

-¿Otro día para no hacer nada?
-Eso y un libro.

Bacalar es una laguna completamente quieta que es famosa en el mundo por tener siete tonalidades diferentes en sus aguas. Es la primera vez que al llegar a un lugar desee con todas mis fuerzas que nadie contara nada más acerca de él. Que se borrara del google maps y de los buscadores de hoteles, que solo se conociera su ubicación mediante el boca a boca. Quise que pararan las construcciones de los alrededores y se conservara para siempre ese silencio que solo era interrumpido por el chapoteo de quien se bañaba sabiendo que en un lugar de paz solo puedes hacer todo muy despacio.

El egoísmo del viajero.

Cae la tarde en Bacalar y no sabría decir cual es la diferencia porque el tiempo transcurre con la lentitud del movimiento oscilante de la hamaca en el muelle.

El cielo cambia muy tenue de color y parece formar parte de la paleta de azules de la laguna. La isla de los pájaros se ve desde aquí y parece posible lanzarse al agua y llegar a nado, parece posible tener branquias y poder llegar a donde sea.

Me desperté todos los días a las 5 de la mañana para poder ver aparecer el sol. Coincidía con más personas y allí en el pequeño muelle nos saludabamos con la mirada porque a todo el mundo le daba miedo que con cualquier sonido se fuera a romper el cristal que contenía el paisaje que estábamos viendo.

El silencio que no es silencio si no que es la melodía de los pájaros, alguna lancha que pasa de vez en cuando, el sonido de los cuerpos en contacto con la laguna que es plana como el horizonte.

A veces estoy pensando en cómo describir algo y me encuentro con que alguien ya lo ha hecho de manera precisa así que me limito a reproducir lo que escuche en un video de Alan Estrada:


“El silencio tiene un poder mágico que solo llega cuando le perdemos el miedo.
  El mundo avanza tan rápido que hemos perdido poco a poco el placer de observar y de observarnos. El silencio tiene el poder de invitar a nuestros fantasmas a transformarse en  nuestros aliados, nos enfrenta sin saberlo y nos regala conclusiones sin ni siquiera pedirlas. A la magia le gusta aparecer en los silencios, le gusta sorprendernos y agitarnos, encuentra placer en plantarnos una lágrima y en ponernos enfrente de un espejo.
El silencio es sanador, el silencio es casi contrario al miedo, aunque parezcan amigos.”


 

Creo que dar con un lugar en el momento exacto en el que es paz es la prueba de que siempre existirán lugares por descubrir, de que siempre habrá un motivo por el cual viajar