Tuvimos la maravillosa oportunidad de vivir el día de los muertos en varios pueblos indígenas cerca de San Cristóbal de las Casas y de esa experiencia nació esta reflexión.


De México aprendí que la muerte es tan natural como la vida.
Ojalá y un baile bebiendo Pox cada vez que muere algo dentro y fuera de nosotros.

México y la muerte. México y el choque permanente entre lo que hacemos en vida y el más allá.

En el cementerio del pueblo de Romerillo una noria oxidada y con sonido a catástrofe nos sube y nos baja para que podamos ver el panteón desde todas sus alturas. Toda una feria se despliega en la explanada con vendedoras ambulantes de tamales y puestos de churros con leche condensada.

Ritual. Enterrar lo que se muere sin más adorno que un montón de tierra que lo rodee o cubrirlo de flores que se cultivan durante todo el año. Ayudarlo a que cruce al otro lado dejando aquellas cosas que compartimos como ofrenda. Sentir la muerte como una oportunidad de cambio porque es insalvable, no podemos evitarla y la aceptamos con una mezcla de dolor y de comienzo.

Me embriaga la sensación de no ser bienvenida. Todas las personas que festejan con sus muertos nos miran de reojo con caras serias. Esto es una mezcla. Si bien es una celebración y puede parecer banal, me doy cuenta de que es profunda como el nudo en la garganta que se me forma cuando paso caminando por las tumbas.

Abrazo el drama como puedo abrazar a los árboles cuando me los encuentro por el camino, con mucha entrega pero de manera fugaz.
Que empeño más grande y más generalizado de evitar a toda costa el dolor y las emociones negativas cuando son tan naturales como los atardeceres o como las montañas.

Un mariachi y un poco de tequila para enterrar a los muertos. Que si no se entierran se convierten en fantasmas y con esos si que no me gusta vivir. Fantasmas que son solo el síntoma de que no se está enfrentando algo que se tiene que enfrentar, como Melinda Gordon que habla con los muertos para descubrir qué es lo que los ata a este mundo y hasta que no se descubre no se pueden ir tranquilos. Yo prefiero los recuerdos de los momentos que compartimos y prefiero ser yo la que elija con qué quedarme.

La muerte es tristeza pero también, como en la fotografía es un espacio en negativo, un mensaje por escribir y una conversación a base de imaginación en donde todo es posible.

Una mañana hace cuatro años recibí una llamada que me hizo sentir por primera vez en mi vida el dolor de la pérdida total. La sensación de que no tengo control de nada y de que en un segundo las certezas se pueden desdibujar tan rápido como los pestañeos.

Hasta hoy no había sido capaz nunca de escribir nada al respecto, de poner en letras un sentimiento tan complejo como lo es el cambio total, ese click interno que solo suena unas pocas veces en la vida.

Esa muerte lo cambió todo, ahora lo se y mientras más pasos doy y más cementerios recorro más difumino mi dolor y abrazo el espacio negativo. Ese espacio en blanco que él dejó para que yo decidiera cómo rellenarlo. Me regaló sin saberlo, la libertad.

Por eso celebro que el amor que sintio por mi a lo largo de su vida es suficiente para llenarme ahora que no está. Celebro que su partida me hizo cuestionarme todo y que de esas preguntas nacieron sueños.

Celebro, por los que ya no están pero estuvieron y me enseñaron que la vida esta llena de ciclos, que nada es para siempre y eso está bien.

 

 

Lo que pase después a diferencia de los mexicanos no me interesa demasiado, cuál es ese lugar al que todos van después de morir es una pregunta que no me hago. Me aferro a los procesos más que a los resultados y por eso además de visitar Romerillo vamos a Zinacantan a ver como cubren todo con arreglos florales y como los trajes son diferentes y las sonrisas más generosas.

México y la muerte. México y la extraña sensación de que esa magia de la que tanto hablan en los nombres de los pueblos me trajo hasta aquí para enseñarme cosas muy grandes.