“¿Por qué esta magnífica tecnología científica, que ahorra trabajo y nos hace la vida mas fácil, nos aporta tan poca felicidad? La repuesta es está, simplemente: porque aún no hemos aprendido a usarla con tino.”Albert Einstein

Como sabéis hace un par de meses hicimos una “pequeña” escapada para conocer el Noroeste de Canadá (British Columbia y el Yukon), y llegar hasta Alaska. Digo “pequeña” porque parecía una cosa fácil, llegar desde Oliver, un pequeño pueblo de la Columbia Británica, hasta Alaska.

Después de pasar un mes entre cerezas, vimos clara la oportunidad para coger nuestro querido coche y largarnos a recorrer este gran país. Ya sabes, culos inquietos que somos.

Al final el paseo se extendió y recorrimos más de 10.000 km entre Canadá y Alaska.  La aventura al final no tuvo nada de pequeña y vivimos acampando durante 45 días seguidos.

Como os decía cogimos nuestros bártulos y allí que fuimos, con nuestras tiendas y nuestros mil cacharros, dispuestos a comernos esta parte del mundo.

Y hasta aquí es toda la información que te voy a dar sobre este viaje. Ya tendremos tiempo de contarte cosas prácticas y un montón de tips que aprendimos durante esta aventura. Pero ahora de lo que quiero hablarte es de los márgenes de esta historia. Me voy a salir un poco de la norma, y te voy a hablar de mi y de lo que me ocurrió durante este viaje.

Porque este viaje me abrió los ojos a muchas cosas sobre mí mismo que creía no conocer, o  que estaban muy enterradas para darme cuenta de que ahí estaban.

En un viaje de más de 10.000 km, puedes entender que siendo yo el único conductor de nuestra improvisada familia, estuve muchas horas al volante, no puedo contar cuantas. Siendo además el tipo de conductor prudente hasta la paranoia (conduzco como una persona de 80 años hay que ser sinceros), hay veces que los caminos se hacen en exceso pesados.

Pero en este caso, los estímulos del paisaje nos daban para estar entretenidos, haciendo nuestro camino un placer para nuestra vista y pudiendo disfrutar de cada tramo del trayecto.

Quizás podíamos haber llegado más lejos, quizás hasta el Círculo Polar Ártico, quizás, pero no hubiésemos podido sacarle tanto jugo al camino ni a todos los lugares que visitamos.

Con todo esto, a lo largo del viaje, ocurren pequeños tiempos muertos, momentos que me gusta llamar “momentos de levedad”.

Te encuentran en cualquier parte y a cualquier hora. De repente, en medio de un preciosos lago canadiense, después de una increíble puesta de sol, con nada más que hacer que mirar una hoguera consumiéndose. Trayectos entre pueblos o aldeas que distan cientos de kilómetros entre sí y sin ningún signo de vida evidente.

Rodeado de increíbles montañas en el corazón de Alaska, pero con un tiempo de mil demonios que te impiden disfrutar del paisaje y hacer otra cosa que acurrucarte en tu tienda y ver pasar el tiempo.

Estos momentos existen tanto de viaje, como en tu vida “normal”. Cuando estás de viaje, puede  que  las condiciones meteorológicas o cualquier otro motivo te haga quedar varado unas horas, o incluso días. El ritmo se detiene, no hay nada nuevo bajo el sol y todo entra en estado de pausa.

Cuando esto ocurre, para mí, son los peores momentos del viaje. Me llenan de ansiedad y me bloquean la mente, como si me cortaran el ritmo que había adquirido.

Y ¿por qué?

Te voy a revelar algo que descubrí durante estos momentos y de lo cual hemos hablado largamente entre nosotros durante estos meses.

 NO SÉ ESTAR A SOLAS CONMIGO MISMO

Así, en mayúsculas y a gritos. Hablemos claro, tú y yo. Esto parece una gran revelación, pero no  lo es. Siempre ha estado ahí, lo intuimos pero no queremos que salga a flote porque nos da miedo afrontar una verdad como esta.

Me he convertido en un cliché andante, me he dado cuenta que muchas de mis opiniones no son realmente mias, ni obedecen a criterios basados en mis pensamientos. Soy y pienso a través de mi muro de Facebook, de mi Twitter o de mi Instagram.

He reducido mi esencia y mis relaciones a esos espacios, que no son reales, pero que para mí se convierten en todo mi mundo. Puede ser que todos lo hayamos hecho.

Soy capaz de criticar a cualquiera, pero incapaz de hacer una autocrítica real de mi mismo.

Mis relaciones con los demás, se basan en unas cuantas líneas en una app de mensajería.

Mi imagen, es la que proyecto al mundo a través de las redes sociales y no es más que un cúmulo de convencionalismos que suman lo que he visto y lo que esta socialmente aceptado.

Me he convertido en un pequeño dictador de mi mismo, con leyes desquiciadas sobre como ser y como comportarme.

Durante estos “momentos de levedad”, lo primero que hago es coger mi smartphone, iPad, ordenador o lo que sea, para que llene mi mente de estímulos, para no pensar y quedarme solo con mis propios pensamientos. No vaya a ser que descubra algo que de verdad no me guste de mi mismo o cualquier otra revelación importante de verdad.

 Necesito esos chutes de realidad paralela en que he convertido mi propio mundo.

Es la sensación mas triste de mi vida, darme cuenta de todas estas cosas mientras hago un viaje tan especial como este. Pero a la vez, también me genero una sensación de alegría muy importante, tener conciencia por mí mismo de algo así. Se ha convertido en un objetivo, no perseguido pero sí alcanzado, que he conseguido con esta aventura.

Eso si, pretendo ir más allá. No quiero que esto se convierta en un propósito de Año Nuevo. Necesito saber quien soy, que pienso de verdad de las cosas que me rodean. A donde me lleva este gran viaje en el que llevo 6 meses inmerso. Parecen las grandes preguntas de la vida, pero en realidad son cosas sencillas y creo que al alcance de cualquiera. Solo hace falta atención y valentía, valentía para poder estar con uno mismo. Para poder conocerse de nuevo. Pequeños pasos al principio, rutinas estúpidas que cambiar (coger el móvil nada más despertarme) y a partir de ahí, trabajar para convertirme en la persona que puedo llegar a ser.

La verdad es que de momento no tengo respuestas, ni soluciones fáciles para mí ni para nadie. Seguramente en mi muro de Facebook, o en el tuyo, haya un consejo o una moraleja de todo esto. Puede que una guía de autoayuda. No lo sé.

Pero lo que sí sé, es que el ser consciente de algo así me hace poderoso.

Puede que en mi futuro cercano, no haya grandes cambios. No puedo vencer años de rutinas estúpidas y hábitos malsanos de un día para otro. Pero tengo en mi poder la llave que abre todas las puertas, todas las cerraduras, YO MISMO.

Y eso nadie puede cambiarlo.