Mi sueño recurrente en la vida siempre tiene que ver con tener una casa frente al mar en la cual sentarme a escribir y a dibujar.
México ha sido un viaje de narrativa constante y de escenarios tan vívidos que tengo sus colores plasmados en la retina.
Voy a sentarme en esa casita en el caribe mexicano a escribir mi viaje y lo voy a publicar aquí por 15 días seguidos.
Quiero empezar el 2018 haciendo lo que tengo que hacer, lo unico que me sale natural no importa el tiempo ni el lugar ni la circunstancia. 
Y quiero compartirlo porque lo que me ha enseñado este viaje es que gracias a compartir aquellas cosas que creía que a nadie podrian interesar han surgido cosas tan bonitas y tan irreales que solo puedo creer firmemente en que todo tiene un sentido.
Aprender como amar los tiempos de espera.


De adolescente pasaba tanto tiempo expuesta al sol que cada varios días, de mi nariz repentinamente, empezaba a brotar sangre muy liquida y muy roja como señal de que mi cuerpo ya no aguantaba más rayos ultravioletas. Me recostaba boca abajo en la cama y esperaba pacientemente a mi que mi mamá me pusiera un vaso de agua fría en la cabeza que serviría para exorcizar el calor de mi cabeza.
Pasaba tan frecuentemente que ya no habían reclamos ni castigos, solo el ritual de espera, como si hubiera aprendido en ese momento la pequeña lección de la vida en donde aunque sepamos las consecuencias de nuestros actos, merece la pena llegar hasta el final por ellos.

La libertad siempre ha estado asociada con ese mar que para mi es como hogar porque no hay que hacer ningún esfuerzo para acercarse, no hay que luchar contra ninguna corriente para poder sumergirse y nadar. Hay algo que no se puede explicar en la relación que se forma entre una persona y el mar en el que se crece. Es como un confidente sabio y callado actúa de telón de fondo para nuestros recuerdos.

Con el paso del tiempo cambié de continente y eso significó cambiar de mar. Ahora era un océano frío, a veces violento y otras veces dolorosamente hermoso que se podía ver pero nadie era capaz de acercarse suavemente a tocarlo. Aprendí con el tiempo a querer esos mares y sentirme inmensamente viva cada vez que viajaba a una ciudad costera. Pero nunca nada es igual como el mar al que uno  pertenece.

Me dijo alguien antes de venirme a este viaje que este viaje era para buscar mis raíces. Me dijo que como no podía (quería) ir a Caracas, iba a Cuba porque era lo más parecido que la geografía me podía dar y nunca olvidaré la mirada diferente de las personas que conocí allí al decir que era venezolana, había en algunas una especie de comprensión a través del silencio y en otros una desconfianza que viene de algo que nunca llegue a comprender.

Por eso, pisar de nuevo la arena fina y sentir el rumor de las olas con el ritmo particular del caribe no solo fue como conocer un lugar más, también fue como conectar de nuevo mi cuerpo con una melodía que nunca dejó de sonar en lo más profundo. México por momentos se parece tanto a hogar.

Soy el Mar Caribe en el que nací y que hizo que mi corazón sea templado e impredecible al mismo tiempo. Soy esa niña de 7 años que sentía un profundo respeto por las olas y prefería quedarse en la orilla viendo como los pies se mezclaban con la arena. Soy las playas de Cuba y las de México, me enorgullezco al ver que M es feliz en este agua perfecta y sanadora. Soy caribe.