Este post forma parte de la serie que escribí en una casita en la playa después de cinco meses viajando por México y Cuba.
Y quiero compartirlo porque lo que me ha enseñado este viaje es que gracias a compartir aquellas cosas que creía que a nadie podrian interesar han surgido cosas tan bonitas y tan irreales que solo puedo creer firmemente en que todo tiene un sentido.
Aprender como amar los tiempos de espera.


Si tuviera que explicarle a alguien que nunca ha estado en México como es la ciudad de Oaxaca, le diría primero que Oaxaca es de paredes blancas y de patios centrales con vegetación verde selva.

También le diría que todavía recuerdo exactamente a qué sabía ese tamal de mole negro que elegí cuidadosamente siguiendo el olor de las ollas que estaban deambulando por la calle y que ese sabor no se puede reproducir con palabras, es necesario estar allí.

En México a la plaza central de las ciudades se les llama Zócalo, y el de Oaxaca es un estruendo de niños corriendo por entre los puestos de comida y los músicos que tocan la marimba.

Oaxaca

Cuando miras por primera vez parece como un caos de gente que va de un lado a otro, entre tiendas de campaña en la que se gritan cosas por megáfonos que reproducen grabaciones, pero sí con mucho cuidado te detienes en uno de los bancos para sentarte y te quedas mirando por un buen rato, comprenderás  que hay una orden y una armonía que lo envuelve todo.

Hay muchos puestos de elotes,pero solo en uno hay una cola larga que atraviesa la plaza en diagonal. Hay muchos puestos de papas a la francesa pero solo en uno la gente se amontona pacientemente en la noche para pedir sus papas con chile. Las mujeres que venden tamales a veces están sentadas en la plaza y a veces no se puede, por más que se recorra entera, encontrar a ninguna. Me fascina tratar de entender este pequeño  libre mercado.

Las matas de agave están fuera de la iglesia de Santo Domingo y una niña persigue sombras al mismo tiempo que se cruza con señores que venden algodones de azucar de todos los colores. Envidio la libertad de los pequeños que no le tienen, todavía, miedo al futuro. OaxacaOaxaca

Cada tanto nos sorprende alguna procesión. Un día las mujeres llevan velas en sus cabezas, otro día llevan flores o cestas de colores, siempre vestidas con ropas tejidas a mano y trenzas, como para que lo unico que uno pueda sentir es unas ganas irracionales de llevar en la sangre todos los siglos de tradiciones que han sobrevivido en este país hasta el día de hoy.

Siempre escuchamos la misma frase de: para entender una ciudad hay que visitar su mercado. Nunca fue tan verdad como aquí.

Jugamos a tratar de mantener en la memoria todos los nuevos nombres de verduras, frutas y especias. Las piñatas colgando del techo como si fueran una decoración artesanal y no un producto más. Sentarse a comer en una mesa compartida abarrotada de gente y disfrutar de las miradas que se intercambian, de ese placer culposo de escuchar  conversaciones ajenas.

No hay un momento del día en el que no estén sonando muchos petardos al explotar en distintas partes de la ciudad. Creo que es la manera que tiene México de decirme que su belleza es frágil y que detrás de todo lo que me maravilla como visitante existe el constante peligro de que se caiga el telón y se revele la realidad de la que nadie quiere hablar.

Oaxaca

Una noche estábamos caminando de vuelta a casa y nos llamó la atención unas luces que conducían a un patio muy grande con un árbol muy bonito en la entrada, entramos al edificio (completamente blanco, por supuesto) y allí en el medio de un patio abierto de suelos de piedra estaban cantando un coro de niños que venían de comunidades indígenas aledañas. Cantaba canciones tradicionales en Náhuatl y en algunas tenían preparados pequeños bailes que acompañaban, mostrando un amuleto tejido de colores que se llama “ojo de dios

El privilegio del viajero, la dicha del que solo pasa de visita y puede recolectar pequeñas piezas de una ciudad para formar su puzzle particular con lo que más le ha gustado. Oaxaca fue para mi la ciudad que estaba viva en cada rincón de su pequeña geografía, un ruido que no se callaba ni siquiera por las noches, la contradicción de la calma absoluta en museos de techos altísimos, en una sola frase: el caos más bonito del mundo.