Mi sueño recurrente en la vida siempre tiene que ver con tener una casa frente al mar en la cual sentarme a escribir y a dibujar.
México ha sido un viaje de narrativa constante y de escenarios tan vívidos que tengo sus colores plasmados en la retina.
Voy a sentarme en esa casita en el caribe mexicano a escribir mi viaje y lo voy a publicar aquí por 15 días seguidos.
Quiero empezar el 2018 haciendo lo que tengo que hacer, lo unico que me sale natural no importa el tiempo ni el lugar ni la circunstancia. 
Y quiero compartirlo porque lo que me ha enseñado este viaje es que gracias a compartir aquellas cosas que creía que a nadie podrian interesar han surgido cosas tan bonitas y tan irreales que solo puedo creer firmemente en que todo tiene un sentido.
Aprender como amar los tiempos de espera.


Todo lo que sé acerca de Valladolid es que frente a la choza en la que me hospedo hay una pequeña plaza amarilla.
Salgo de camino al mercado y hay una chica muy rubia con una falda corta sentada en la fuente de la plaza que no tiene agua ninguna. De fondo suena música de banda norteña con sus trompetas y con la letra de alguna historia de amor que no fue.

“ Si quiere crecer fuerte y sano, coma tortillas el Michoacano” Podría quedarme horas viviendo en las frases que decoran México.

Me encantaría visitar el centro de la ciudad y tomar fotos de las fachadas de colores, pero el peso de la tristeza en el estómago no me deja dar más pasos que los que separan nuestra choza de la tienda de abarrotes. Como solo tengo este pedazo para hacerme una idea del todo, rebusco en los detalles y memorizó todas las letras escritas en las paredes.

Todavia no tengo un nombre para esta tristeza porque es una mezcla de muchas cosas. Estoy acostumbrada a las tristezas con identidad, que son tan claras que no queda más que bautizarlas y esperar a que se marchen solas cuando ya han aprendido a alimentarse sin mi.

Valladolid es una ciudad que solo vive en mi imaginación, es aquello que podría ser pero que no voy a ir a comprobar. En el fondo no salir de casa es una especie de rebeldía en contra del pensamiento recurrente de que el tiempo que es ahora no volverá nunca y que tengo que aprovecharlo todo al máximo.
En la música es igual de importante lo que se canta, como los silencios que nos permiten diferenciar una cosa de otra.En el mapa de Mexico este es mi silencio.

Quizás eso que siento en el estómago no sea solo tristeza sino también sea vértigo. Empezar el año es como estar en la cima de la montaña más alta y la imaginación de aquellas cosas que pueden llegar a ser me estremecen y me producen escalofríos.

Ahora, esas sensaciones vienen a mi como de a borbotones. Mi cuerpo no es capaz de entender lo que pasa y me pesan los párpados todo el rato.

Los mayas creían que antes de la primavera debía de pasar la lluvia para limpiarlo todo y permitir que llegara la nueva estación o por lo menos eso es lo que me ha dicho Guillermo. Me lo dijo sin yo hacer ninguna pregunta, estaba sentada en la mesa y me soltó la frase sin más.

Soy tan mala con los intermedios. Siento como si las células de mi cuerpo se estuviera acomodando y por unos días tuviera que caminar siendo un revoltijo en vez de un ser humano.

Pero no hay desesperación, porque ya se lo que hay al otro lado del túnel. El cerebro humano se diferencia del cerebro animal  entre otras cosas porque puede proyectar escenarios a futuro y puede utilizar esta función para ser feliz. Yo soy feliz en todos y cada uno de los diversos futuros que contempla mi cerebro porque tengo la ilusión de que he aprendido a encajar hasta en los moldes más descabellados.

Valladolid puede ser de colores y estar construida con los recuerdos de una europa omnipresente o puede ser una ciudad terrible con perros callejeros que te impiden caminar libre. Me quedo con la posibilidad en vez de con la certeza y disfruto mi tristeza como si aferrándome a ella no tuviera nunca que enfrentar la realidad.

 

Ilustración de Mayra Arvizo